La corrección política ha tomado por asalto a la sociedad
actual, utilizando como herramienta principal para auditar y censurar, una
medio que suponemos debía ser el refugio de las libertades, Internet; como
agentes de seguridad permanentes, como el ojo que todo lo ve, como el big
brother a la sociedad misma, persiguiéndose unos a otros investidos de una
superioridad moral auto atribuida basada en la concordancia con los “valores”
que los ingenieros sociales en turno han establecido.
En los años sesenta, los medios de adormecimiento social
fueron el LSD y la marihuana, masificando la doctrina mas conveniente a través
del movimiento hippie que tenía el antibelicismo como valor de referencia; para
la generación actual los medios de adormecimiento se reforzaron con las redes
sociales, y su marco de referencia moral, el vacío discurso de los derechos
humanos.
La consecuencia en ambos casos, el desgaste de una sociedad
enfrentada entre sí, evitando con ello hacer frente a quienes ostentan el poder
político. En ambas generaciones dicho poder recae en los mas estrictos representantes
de “la derecha”.
Las comunidades de Facebook y Twitter son la nueva policía
política, al mas puro estilo de aquellas que sostuvieron regimenes autoritarios
como la Alemania Nazi y la URSS; parte de un aparato represor basado en el
miedo, prefiriendo señala al otro antes de ser señalado uno mismo. Pero la censura no sirve de nada, jamás
elimina aquella conducta sobre la cual se enfoca, sino que esconde fajo al
alfombra, la agazapa dentro de las sociedades a tal punto que al reaparecer,
regresa peligrosamente exacerbada, de ahí el “inexplicable” éxito de Trump, Le
Pen, Macri o Temer, mientras la “informada” generación que debía hacerles
frente, mi generación, los millennials,
se destrozaba ente sí en los muros de Facebook, indignados por todo, en
lugar de salir a votar o tomar las calles para defender la democracia. Creo que
después de todo, sí soy parte de ese “remolino de imbeciles de buena voluntad” del
que hablaba Sabines, definitivamente pertenezco a esa legión de idotas de la
que habló Humberto Eco, después de todo el Internet es un servicio que requiere
pago, es decir ,con esta herramienta no solo estamos dispuestos a lesionar la
libertad de expresión, sino que hasta pagamos por nuestro derecho de
asesinarla.
Propongo, por ello, combatir la xenofobia y la
discriminación en general, resignificando el lenguaje, y no censurando como
ejemplifica la comunidad gay al transformar el termino “queer”. Vaciar de
contenido ofensivo ciertos términos,
tomar las armas y cargarlas con balas de salva.